Sin Ánimo de vivir...pero con miedo de la muerte


Así me encontraba en el año 1977.  

Me levantaba por las mañanas preguntándome,  ¿por qué?.  Normalmente para
las diez de la mañana ya estaba borracho.  Yo intentaba mitigar el dolor del
fracaso y el vacío interior.

Había  terminado el instituto en el estado de Oregón con todas las esperanzas del
mundo.  Iba a estudiar política, y derecho para luego convertirme en político.  
Quería llegar a ser presidente de los Estados Unidos y así cambiar el mundo.

Pero la triste verdad es que no era ni siquiera capaz de controlar mi propia vida.  
Muy a menudo faltaba a clases debido al consumo de alcohol o marihuana.

Recibí, el aviso de presentarme para el servicio militar y fui destinado a Alemania.  
Allí iba de mal en peor.  Empecé a usar drogas duras como anfetaminas, cocaína,
L.S.D. y heroína.  Incluso vendía heroína para sufragar mis gastos de consumo.   

Al principio lo hacía para pasarlo bien.  Vivía totalmente entregado al placer.  Pero
ningún placer me satisfacía; ningún placer me llenaba.

Después de licenciarme del ejército volví a Oregón con toda la ilusión del mundo.  
Iba a cambiar mi vida.  Pero yo era incapaz.  Quería cambiar, y de hecho lo intenté
con varias filosofías y religiones, tanto del oriente como de los indios de América.

Seguía sin capacidad para  trabajar ni para estudiar debido al estilo de vida que
llevaba.  Decidí marcharme al estado de Idaho a vivir.  Pensé que allí seria
diferente, que mi vida iba a cambiar.  Allí sería feliz.

Pero la felicidad no se encuentra en una botella de whisky de Jack Daniels.  Ni en
las otras muchas cosas que había intentado.   Llegué a desesperarme de tal
modo que  no quería seguir viviendo.  La vida no merecía la pena.  Pero, al mismo
tiempo, me daba miedo la muerte.

Un día un pastor evangélico pasó por mi casa y me contó que Dios me amaba y
quería darme vida eterna.  Empecé a leer el Nuevo Testamento y  fue como si
Cristo estuviera allí conmigo en mi habitación.  Sus palabras me hablaban del
vacío que yo sentía en mi corazón.  Hablaban de que Cristo vino para que yo
pudiera conocer personalmente a Dios, un Dios que tenía el poder de cambiar mi
vida y darme la verdadera paz y felicidad que yo buscaba.

“Y Jesús les dijo: —Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá
hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed.”  Evangelio de Juan 6:35

El pastor volvió y me explicó que Jesucristo había muerto en la cruz para darme
el regalo de vida eterna, o sea vivir eternamente en la presencia de Dios.  El me
explicó que la Biblia dice que para recibir ese regalo solo tenía que creer.

Me sonaba demasiado bueno y demasiado fácil.  Pero yo no tenía nada que
perder.

“...pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.”
Romanos 6:23

El pastor me preguntó si existía algún motivo para no seguir a Cristo.  

Pensé en mis amigos.  ¿Qué iban a pensar de mí?  

Pero mis amigos no me habían dado la felicidad que yo buscaba.  No llenaban el
vacío en mi corazón.

Pensé en los vicios que yo tendría que dejar, pero en vez de darme la felicidad,
controlaban mi vida.

El pastor me invitó a que yo orara con él para pedir perdón por mis pecados e
invitarle a Cristo a que entrara en mi corazón y fuera mi Señor.  

En el interior yo pensaba que era demasiado malo y que no me duraría nada
como todas las otras cosas que yo había probado.

Pero aquella tarde Jesucristo cambió mi vida por completo.  ¿Quién iba a pensar
que el 10 de Abril de 1977 Dios me iba a dar lo que yo buscaba; la felicidad, paz y
plenitud de vida?

Ahora, me encanta la vida.  Cada día es una nueva aventura con Cristo.  Y ahora
no tengo miedo de la muerte porque sé que cuando Dios me lleve, iré
directamente a su presencia.  No porque me lo merezca, sino porque Cristo llevó
en la cruz el castigo de mis pecados.

Tu, también, puedes encontrar paz y felicidad en Cristo.

                                                            

Guillermo Jackson
Pastor Cristiano Evangélico